Pacientes neozelandeses con cáncer reclaman su derecho a cannabis medicinal

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Abuelas, esposas, madres de familia en Nueva Zelanda que padecen cáncer terminal están consumiendo cannabis como tratamiento alternativo, pese a los riesgos que la ley les impone por mantener a la planta como una droga ilegal.

Joan Cowie, una abuela de 64 años de edad, lleva dos años luchado contra un cáncer de pulmón en fase terminal que le provoca terribles dolores.“Puedo sentir como si algo me perforara, y si me acuesto de lado, algo me aplasta por dentro”.

Sonia Howes, madre de familia de 40 años, le fue dado el mismo diagnóstico en 2014, al mismo tiempo que le otorgaban un trabajo como chofer de un camión lechero. “Simplemente no podía creer lo que me habían dicho: para mí el cáncer era igual a la muerte sabía que moriría. Lloré tumbada en la cama por días antes de que pudiera ponerme en pie”.

También Alexa Smith, de 39 años, fue diagnosticada con cáncer de pulmón en fase última en 2016, después de haber dado a luz a su primogénito. “Los doctores decían que mi dolor en el pecho se debía a la lactancia, que era por una mala postura… hasta que me empecé a toser sangre supe que algo estaba realmente mal, entonces volví al hospital y me hicieron estudios y encontraron el cáncer”.

Todas estas mujeres han optado por tratarse con marihuana, ya que la planta les ayuda a dormir, alivia su dolor crónico y les devuelve el apetito; y lo están haciendo al margen de la ley. Según la legislación de 1975, la llamada Acto Sobre el Abuso de Drogas, la marihuana está considerada, junto a la morfina, el opio y el éxtasis, como una droga de alto riesgo.

Según la ley y todas sus enmiendas posteriores, es un delito el consumo, el cultivo, la posesión y la venta de la planta y sus derivados. Incluso la posesión de una semilla puede ser vinculante de un proceso judicial que redunde en una condena de hasta un año de prisión.

El tráfico de la planta, que incluye la fabricación de la droga, la venta, distribución y transporte, puede otorgarle al imputado hasta 14 años en la cárcel. Hacer un aceite de cannabis y venderlo podría costarle a un neozelandés tres lustros de su libertad.

“Sabemos que ante los ojos de la ley somos una criminales, pero nos cansamos de no tener resultados con las drogas ordinarias que nos recetaba el hospital: tienen muchos efectos secundarios, como náuseas, insomnio, vómitos…  Además, no tenemos ya nada que perder; queremos estar con nuestros hijos”.

Es el reclamo de las mujeres ‘Kiwis’, quienes han seguido el ejemplo de Helen Kelly, una líder sindical muerta en 2016 por un severo caso de cáncer de pulmón. Kelly luchó hasta el final por su derecho de consumir cannabis como tratamiento alternativo, y se convirtió en una activa figura en el debate sobre la legalización médica de la planta.

El caso de Kelly era tan severo, que su columna vertebral se fracturó por la presión que ejercían sobre ella los tumores. Hasta antes de su muerte en octubre de 2016, la líder habló públicamente sobre uso “ilegal” de cannabis como tratamiento contra su enfermedad, lo que sirvió de inspiración y coraje para muchos pacientes iguales.

Para Joan Cowie, la abuela, después de conocer el caso de Kelly y de leer sobre los potenciales beneficios de la planta en Facebook, no había otra opción más que tratarse con marihuana. “Al principio estaba aterrorizada por la posibilidad de ser detenida por la policía, yo sé que lo que hago puede ser considerado como criminal. Así que tengo muchísimas precauciones.

“Temo que me quiten a mis niños, que crean que no estoy apta para cuidarlos por usar marihuana. Pero eso no es cierto, estoy perfectamente facultada para su cuidado. Así que siempre cargo en mi bolsa una copia de mi diagnóstico, para que vean que es real, tengo cáncer, y éste es mi tratamiento.

“Desde que empecé a usar marihuana mi apetito ha vuelto, puedo dormir todas las noches y mis dolores se han reducido considerablemente”.

Alexa Smith reconoce que su tratamiento puede ser considerado como algo criminal: “Ya sé que pueden pensar que estoy haciendo algo malo, que estoy mal, pero en realidad no lo estoy: es la ley la que está mal”.

Para todas estas mujeres, no obstante, el verdadero reto no está en conseguir su tratamiento en el mercado negro, ni el riesgo que eso les significa, sino en cubrir los costos: los productos legales de cannabis disponibles en Nueva Zelanda como el Sativex o el Tilray ascienden a $1,200 para un mes de tratamiento, lo que está fuera de su alcance. En el mercado negro se reducen los costos a $200 por seis semanas de tratamiento.

¿Pero por qué pagar por algo que ellas pudieran hacer en su propia casa? Es la pregunta que se hacen estas mujeres: para ellas, el autocultivo no es sólo su mejor opción médica y financiera, sino una oportunidad de vida.

Sin embargo, la Cancer Society de Nueva Zelanda, se toma el tema con muchísima precaución: su vocero Daniel Glover, insiste en que no existe evidencia científica, ni alguna investigación seria que respalde la afirmación de que la marihuana tiene usos medicinales, y por lo tanto, no recomienda a los pacientes con cáncer a que recurran a tal tratamiento, no hasta que una base sólida de investigaciones se haya conformado. Desde luego, para estas mujeres no hay tiempo que perder.

“Es muy triste que nos obliguen al dolor, o a la criminalidad” opina Cowie, “que no haya alternativas para lo que estamos viviendo: los pacientes lo pedimos, el público en general lo pide: tiene que haber una legislación, es lo que yo pediría a quienes están en el Parlamento”.

Smith finaliza: “Los políticos tienen que apresurarse y volver legal el uso médico del cannabis, ya”.